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El Blog de Artemia Salinas27 de mayo de 2009
En México, como en muchos países de Latinoamérica la realidad supera a la ficción
En México, como en muchos países de Latinoamérica la realidad supera a la ficción del más galardonado escritor en foros internacionales, quien en muchas ocasiones se queda atónito ante acontecimientos que por más creatividad invertida no pudo imaginar y plasmar en sus escritos y cuentos. Situaciones por demás inverosímiles, que escapan de toda lógica, pero suceden.
Por ejemplo, ya se ha hecho costumbre que el presupuesto que el Estado destina para la ejecución de diversos programas de fomento, apoyo, desarrollo de infraestructura, programas de difusión y capacitación, promoción de campañas de fomento al consumo, y desarrollo de proyectos ejecutivos para el sector pesquero y acuícola, se termine ejerciendo en los dos últimos meses del año. Estamos hablando del presupuesto que el Estado programó con meses de anticipación para ejercerse desde enero a diciembre del siguiente año, pero que en la práctica, los recursos se comienzan a aplicar entre agosto y septiembre, y todo se tiene que gastar antes de que termine diciembre del mismo año.
En un mundo organizado, este proceso supondría que los recursos de todos esos programas y proyectos se tendrían que ejercer desde enero de acuerdo a su programación, puesto que es “el presupuesto del año”. ¿Quién en su sano juicio hace un presupuesto para un año y se lo gasta en los últimos tres o cuatro meses? Esto no obedecería a un comportamiento lógico, sin embargo, para muchos países de Latinoamérica, esta es la realidad cotidiana.
Es una especie de engaño mutuo complaciente, veamos. El productor acuícola o pesquero, necesitado de los recursos del Estado (para desarrollar su proyecto, consolidar su mercado, ampliar la planta productiva, mantener en operación el Comité Estatal de Sanidad Acuícola, o el de Sistema Producto, entre varias posibilidades) acude a programas que el mismo gobierno propone y convoca.
El productor sabe que la “tramitología” para acceder a estos recursos no será fácil y se arma de paciencia para emprender el tortuoso camino.
El funcionario de gobierno sabe que todo lo que propone el productor en su proyecto no es posible realizarlo, sin embargo, no dice nada recibe la solicitud y empieza el trámite.
Después de una serie de idas y vueltas, el funcionario del Estado le comunica al productor que “solo falta una firma” para aprobar el proyecto. El productor sabe que esa firma se traducirá en meses y meses de espera; no dice nada, da las gracias y pide que se le avise en cuanto esté lista la aprobación y se puedan ejercer los recursos. Efectivamente, después de meses se aprueba el proyecto, se le llama al productor para que presente otra cantidad de papeles y que firme otras tantas copias. Ya es septiembre, el funcionario del Estado sabe que el proyecto que presentó el productor desde enero ya es toda una fantasía para estas alturas del año, sin embargo, no dice nada, entrega los recursos y condiciona a que se le entreguen cuentas en diciembre a finales de año. El productor que recibe los recursos, sabe que su proyecto ya para estas fechas es todo menos lo que se había planeado, sin embargo, endeudado y gastado no dice nada y recibe los recursos solemnemente comprometiéndose a entregar las debidas cuentas a finales de año.
Ahora dígame usted, ¿Qué clase de proyecto va a realizar el productor y qué clase de cuentas dará de los recursos ejercidos? El sentido común no podría llevarnos más que a pensar que el esfuerzo del Estado y del productor mismo, no va a terminar del todo por incrementar la competitividad de la empresa, fomentar más empleos o generar riqueza en su entorno, que sería el objetivo buscado por todos.
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