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02 de mayo de 2012
Por Artemia Salinas
Si el mercado más grande de pescados y mariscos en el mundo ha mantenido una tendencia a la baja en su consumo interno por más de 6 años consecutivos, es decir, está en franca recesión, creo que es momento de que empecemos a tomar en serio estas estadísticas y nos pongamos a pensar cuál podrá ser el escenario mundial en un futuro de escasa oferta compitiendo con una alta disponibilidad de proteínas de otras fuentes bombardeando a los consumidores.
Si la oferta mundial de pescados y mariscos provenientes de la pesca y de la acuicultura no alcanza las mesas cotidianas de las clases medias en los mercados desarrollados, se va a correr el riesgo de perder cuota de mercado, confinando el consumo de pescados y mariscos a un pequeño nicho de consumidores fieles y sofisticados.
Tomando en cuenta los números apocalípticos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que indican que para el año 2030 se requerirán 80 millones de t de pescados y mariscos adicionales a las que se consumen hoy, solo para mantener la media anual de 17 kg por habitante, considerando únicamente las tendencias del crecimiento de la población, ya no digamos algún aumento en la cantidad de kg consumidos por persona por año, es casi inimaginable pensar de dónde van a salir estas 80 millones de t “adicionales” en los próximos 18 años (4.4 millones de t por año...a partir de este año).
Considerando esta situación es fácil suponer que, ante la imposibilidad de poner millones de t de pescados y mariscos adicionales en el mercado año tras año en los próximos 18 años, los consumidores van a tener cada vez más dificultad para encontrar de manera accesible una buena oferta de su pescado o marisco favorito, y ante la decepción, y muy probablemente el alto precio, terminarán por olvidarse de su preferencia gastronómica y sustituirla por una alternativa más disponible y a un precio más accesible.
En 30, 40 o 50 años de historia de la acuicultura moderna mundial, habremos pasado por la creación de commodities internacionales, en el caso del camarón, basa y tilapia, cuando la producción de estas especies alcance su nivel más alto en relación a kg por habitante, para después regresar a los nichos especializados en mercados selectos y sofisticados, cuando el crecimiento de la población rebase por mucho la pobre oferta estancada en desafíos técnicos y retos sustentables, concentrada en unas cuantas especies incapaces de satisfacer un mercado ávido de alimentos funcionales, accesibles y baratos.
Sin embargo, si consideramos a la acuicultura como una fuente importante de alimentos para el desafío mundial que representará la seguridad alimentaria de un mundo de más de 9 mil millones de habitantes en el año 2050, no podemos dejar su desarrollo a la libre conveniencia de los mercados y de la oferta y la demanda. Es decir, tendremos, como sociedad, que organizarnos y promover a través del Estado el desarrollo de nuevas técnicas, de nuevos cultivos, de nuevos empresarios acuicultores, de nuevos canales de comercialización, y de nuevos consumidores, hasta que las leyes del mercado aseguren su prevalencia por sí mismas.
Este es en realidad, el reto de la acuicultura del siglo XXI. Lograr los niveles de organización necesarios para que, aun no siendo económicamente sustentable, mantenga un ritmo de desarrollo tecnológico y de crecimiento, que le permita explotar esa capacidad que tiene de convertir un solo desove de millones de huevecillos en millones de platos dispuestos en las mesas de millones de personas en tan solo unos cuantos meses. Esta sí sería en realidad una alternativa eficiente para la seguridad alimentaria mundial.